La historia de Pinto el Hachiko español

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Se cuentan muchas historias sobre perros que han seguido o buscado a sus amos atravesando grandes distancias -no solo espaciales, sino todavía temporales. A estos animales se los tiene por muy fieles y por crear vínculos muy fuertes en un corto periodo de tiempo, no solo con sus dueños, sino con quienes les muestran afecto y cuidados. Esta es la historia de Pinto, el Hachiko gachupin.

Perros nobles y fieles

Ayer de dialogar de Pinto, ¿quién fue Hachiko? Hachiko era un perro akita hombre, de color blanco y que fue trasladado a los 2 meses de acontecer nacido de su originario Odate, al finalidad de Japón hasta Tokio, en donde vivía su nuevo dueño, el profesor del Unidad de Agricultura de la Universidad de Tokio, Ueno Hidesamuro.

Hidesamuro acostumbró a Hachiko a acompañarlo todos los días a la fase de trenes de Shibuya, desde donde viajaba a dar clases en la universidad, mientras su perro lo aguardaba en un parque, para retornar a la fase por la tarde a esperar a su amo y así emprender juntos el regreso a casa.

Esto lo hicieron por casi dos primaveras, desde 1923 cuando Hidesaumro recibió a Hachiko hasta el 21 de mayo de 1925, cuando muere a causa de un ataque al corazón en la universidad. Como todos los días, Hachiko fue a agenciárselas a su amo, pero este no volvió.

Todos los días Hachiko volvía a la misma hora a la fase. Quienes conocían tanto a Hidesamuro como a su perro, trataron de instar al can a no retornar, pero siempre regresaba a esperar la arribada de su amo. Sin importar el clima, el akita iba todos los días hasta que, el 7 de marzo de 1935 muere frente a la fase.

Los pobladores erigieron una estatua en su honor, misma que fue fundida en la Segunda Combate Mundial para fraguar armamento, pero que al terminar el conflicto, fue colocada una nueva en su emplazamiento. Todos los 8 de abril, la parentela de Shibuya conmemora la fidelidad del perro, cuyos restos descansan contiguo a su amo en el cementerio Minami-Aoyama en Tokio.

¿Quién fue Pinto?

La historia de Pinto no tiene un final tan trágico. Es más acertadamente una historia con un final atinado. Un nuevo que vivía en las montañas tenía como única compañía a un perro pointer. Por otra parte tenía un amigo que lo visitaba en la montaña y con quien iba a cazar. Pinto los acompañaba en esas aventuras y los ayudaba a conseguir sus presas.

Pero llegó el día en que su dueño tenía que hacer el Servicio Marcial y al no tener cómo cuidar a su perro, le pide a su amigo, padre de un par de niñas que cuide de su mascota en lo que él terminaba su compromiso con el país. El amigo acepta y el perro es llevado a la hacienda, a 80 kilómetros del pueblo donde vivía.

Como Pinto ya era adulto, el amigo pensó que le iba a costar mucho adaptarse. Por otra parte la clan de la hacienda nunca había tenido un perro, por lo que lo dejaban ceñido fuera de la casa por las noches y al tiempo le acondicionaron un almacén para que durmiera allí.

Cuando su dueño regresó a por él, una vez concluido su Servicio Marcial ,volvieron juntos al pueblo. A los pocos días, Pinto estaba a la puerta del almacén de quienes habían cuidado de él. El dueño del almacén llamó a su amigo para contarle que su perro estaba ahí, por lo que fue a recogerlo.

A los pocos días sucedió lo mismo: Pinto recorrió los 80 kilómetros que separaban el pueblo de la hacienda para ir a casa del amigo del nuevo. Al darse cuenta de la situación, su dueño decidió lo mejor para su perro y se lo dejó a su amigo, sabiendo encima de que le habían cuidado tan acertadamente que por poco el perro volvía con ellos.

Su nueva clan lo acogió con sensibilidad y alegría, ya que se habían encariñado mucho con el perro. Pinto, encima, iba todas las tardes a esperar a las dos hijas de su nueva clan en el cruce de las vías del tren, para regresar con ellas a casa. Así lo hizo hasta su homicidio.