Carta de un perro adoptado a su ama

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Adoptar a un perro puede ser una idea estupenda. Si se está dispuesto a aceptar las responsabilidades que conlleva, darle inclinación y cariño y todas las atenciones necesarias. Un animal que es recogido de una perrera, centro de acogida y otros es muy agradecido y te compensará todo lo que le des con creces.

¿Has pensado alguna vez cómo se sentirá un perro recogido? Esta conmovedora carta de un can a su ama te ayudará a tener una idea.

Carta de un perro recogido a su ama: cuando me sentía solo

Cada día cuando me despertaba con frío por esa caja de metal en la que dormía sentía un enorme malogrado en mi interior. A pesar de tener más compatriotas a mi aproximadamente, me sentía muy solo.

Los vecinos de mis jaulas más que tristes estaban enojados y cada vez que quería conversar con ellos o acercarme me gruñían como si fuera a robarles comida. Conmemoración cuando estaba en casa acertado con mis dueños, eran adorables pero me adoptaron cuando eran muy mayores, y un día cuando fui a despertarlos, no despertaron…

Y entonces, me trajeron aquí. No sé cuánto tiempo hace, ni cuánto tiempo estaré. Ni siquiera sé cómo soy, parace que no muy atún ni achuchable porque veo como los dueños se quedan prendados de otros vecinos y se los llevan a casa. Puedo ver sus miradas, no les contento mucho a pesar de que me esfuerzo por sonreír y hacer juegos para que rían.

No obstante, al final siempre terminaba cabizbajo y acostado en mi fría caja de nuevo.

Carta de un perro recogido a su ama: y entonces llegaste tú

Era un día como otro cualquiera, en mi fría caja de puñal inoxidable cuando de repente entraste y nuestra miradas se cruzaron. Tus fanales eran tan profundos y tiernos… quise irme contigo desde ese momento. Sin retención, pronto hicieron que quitaras tu observación de mí, y yo me desanimé de nuevo pensando que ese aire solo había sido un oasis en mi sedienta soledad.

El dueño del centro te dirigió a otros perros, estabas frente a otras jaulas cuando sentí que… ¿me estabas mirando? No, todo estaba en mi mente, no podía ser. Me acosté con mi observación alrededor de el interior de la caja, era mejor no pensar más en el asunto.

De repente escuché mi nombre, era el dueño del centro, ¿qué querrá? ¿No ve que estoy triste? Aunque es bueno, es quien me da de engullir, no puedo desobedecer. Pude dar la dorso muy fácilmente en la caja, ¡la puerta estaba abierta! Y ahí estabas tú, agachada, sonriéndome. Querías conocerme, pero yo no podía hacerme muchas ilusiones, ¿y si luego no me escogías?

No me dio tiempo ni de hacerme el interesante, tú ya lo habías decidido: ¡me querías!

Y llegamos a casa, ¡nuestra casa!

Estaba asustado, llegamos a casa y no conocía nulo, no sabía cómo comportarme, así que preferí ponerme tras tus pies y seguir tus pasos. No quería estropearlo ahora que había incompatible a alguno. 

Tú me hablabas dulcemente mientras susurrabas mi nombre, me enseñaste dónde engullir y dónde descansar, me habías comprado todo lo que necesitaba… ¡me estabas esperando! Y yo hacía tiempo que te estaba esperando.

Pasaron los días y tu inclinación y cariño me hicieron quererte, sentirme perfectamente en el hogar. ¿Qué podría decirte ahora que mis días están terminando? Me has cuidado, me has amado y te has dejado requerir por mí, me has poliedro más de lo que necesitaba.

No puedo olvidar los días en que llegabas cansada del trabajo y siempre me sonreías, me sacabas a pasear y jugabas conmigo. Cuando me hacías recetas deliciosas o me abrazabas cuando estaba enfermo. No importa dónde vaya o dónde esté, nones podré olvidarte y nunca tendré palabras suficientes para darte las gracias y decirte cuánto te quiero.

Y ahora que me estoy apagando, no te quedes triste y dale todo el inclinación que me diste a mí a un nuevo hijuelo, para que el día que sus días terminen se vaya tan acertado como me voy yo. Gracias y hasta pronto.